POR TIERRAS DE EL QUIJOTE

POR TIERRAS DE EL QUIJOTE

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Maravillosa la experiencia que vivieron a finales del mes de mayo casi cincuenta alumnos de nuestro instituto por tierras de Castilla la Mancha. Con sus profesores Antonio y Blas y el monitor Blaqui, pudieron recorrer lugares importantes de la historia de España y zonas donde transcurren muchos de los episodios de El Quijote, la inmortal obra de Miguel de Cervantes.

 

Los viajeros partieron de Santomera el jueves, 24 de mayo, a las seis de la mañana, para adentrarse en tierras castellano-manchegas por Hellín, atravesando este municipio y los de Pozohondo, Peñas de San Pedro y San Pedro entre campos pletóricos de cereales con un verde juvenil que alternaba con el ocre de las tierras en barbecho y el rojo encendido que una abundante cosecha de amapolas les donaba. Los “bombos” de los agricultores y los nuevos “molinos” de la Mancha, esta vez en forma de parques eólicos, vigilaban el paso de la comitiva estudiantil por los predios de la luminaria de El Pardal. Atrás quedaba el castillo de Peñas de San Pedro con la posible tumba de Amílcar Barca y su Cristo del Sahúco esperando a ser llevado en kilométrica carrera en romería centenaria.

 

Llegados al valle del río Jardín, entre majestuosas choperas y paralelos a la vía verde que ocupa el nunca estrenado ferrocarril de Baeza a Utiel, la presencia del puerto de Los Pocicos, superando los mil metros de altitud, pese a estar en una llanura, nos anuncia que estamos prácticamente en la meseta.  Pronto tuvieron ante sus ojos las ruinas del castillo de Alcaraz y los restos de un acueducto medieval incrustados en tierras rojizas, posiblemente del Trías Keuper.

 

La visita a Alcaraz la iniciaron por la calle Mayor, entres numerosos edificios renacentistas para llegar hasta la puerta de la Aduana, el gran monumento de la población, donde Vandelvira por medio del plateresco dio solución al “horror vacui”. Accedieron a la monumental Plaza Mayor para dar cuenta del almuerzo ante la fachada gótica de la Iglesia de la Trinidad y seguir con un paseo entre las torres del Tardón y de la Trinidad, bajo el cobijo de las arcadas de las tres lonjas de la ciudad, encaminando sus pasos por el Arco de Zapateros, en empinada cuesta empedrada hacia el cementerio, emplazado en el interior de la antigua fortaleza musulmana.

 

Un grupo de alumnos recitó el romance del Pernales ante su tumba y la totalidad de ellos depositaron flores al pie de la misma siguiendo la tradición. En el centro del cementerio asistieron, en directo y en riguroso silencio, al trabajo de una pareja de arqueólogos que excavaban la tumba de catorce asesinados en las represalias que siguieron a la guerra civil. Las respuestas a las preguntas de profesores y alumnos ilustraron a todos en una experiencia conmovedora y gratificante.

 

Con destino a Villanueva de los Infantes la expedición pasó por Montiel, con pequeña parada ante el castillo de la Estrella, rememorando la lucha entre Pedro I de Castilla y su hermanastro Enrique de Trastámara, en el siglo XIV, en el contexto de la Guerra de los Cien Años y que significó un giro importante en nuestra historia; aunque los alumnos también conocían el pueblo por ser el lugar de nacimiento del popular José Mota, el Tío de la Vara.

 

Por fin en Villanueva de los Infantes. Entrada triunfal a pie por la Calle Cervantes y dejando a la izquierda el Convento de los Dominicos, donde murió Quevedo y junto al que está su tumba apócrifa en la Ermita de Jamila. Numerosos edificios religiosos y civiles que permitieron a los alumnos creer que estaban en otra época, para llegar a la Casa del Caballero del Verde Gabán, protagonista de uno de los capítulos de El Quijote y asistir a un escenario increíble: la Plaza Mayor, pleno neoclásico, entre arcadas, balconadas de madera y la imponente mole de la iglesia de San Andrés  presidiéndola. Tras una rápida visita a la cripta donde se encontraron los restos de Quevedo y quedar impresionados por el púlpito y la bóveda del templo, los alumnos se encaminaron a la oficina de turismo, donde sellaron como peregrinos cual romeros de la Mancha, para iniciar, previa recogida de un plano monumental ilustrado,  un recorrido por la villa, en grupos, para descubrir solitos todo el esplendor de la misma. Así, siguieron las huellas de la Casa de Santo Tomás de Villanueva, la Casa de la Inquisición, el Palacio de Rebuelta, el Hospital de Santiago, el palacio de Don Manolito y, al menos, veinte monumentos más.

 

En plena siesta, partida hacia las lagunas de Ruidera, dejando atrás varios afluentes de del Guadiana y dejando en Carrizosas el Santuario dedicado a Nuestra Señora del Salido, lo que provocó la sonrisa de más de un alumno y, cómo no, algún chiste fácil.

 

Apenas llegar a las lagunas, los alumnos inmortalizaron su imagen en el final de las mismas: el Hundimiento, que da lugar un poco más adelante al embalse de Peñarroya. Bordeando las lagunas más grandes se dirigieron, en autobús, al albergue Alonso Quijano, justo en el mismo borde de la laguna Colgada, ubicado en lo que era un antiguo hotel que ha sido expropiado. Muchos nervios en el reparto de habitaciones, siendo muy difícil que se pusieran de acuerdo en quienes se acompañarían.

 

 

Primera actividad en las lagunas: senderismo junto al agua entre retazos de bosquete mediterráneos, choperas y vegetación de ribera para llegar al lugar elegido para el baño, una poza con cascada entre las Lagunas Batana y Colgada, un paraje espectacular. La locura: saltos, blincos, piruetas, gritos en un baño en compañía de ánades reales y somormujos y tensión en los profesores acompañantes por si se producía algún accidente. Regreso sin incidentes al albergue, tras casi cuatro kilómetros entre ida y vuelta, y preparando el cuerpo para la noche que se avecina.

 

 

La noche cualquiera se la puede imaginar: carreras por los pasillos, gritos, cambios de habitación, algún susto que otro… pero, por suerte para todos, estamos solos en el albergue, así que no hay protestas. Ninguna gamberrada importante ni desperfectos que lamentar. A la una de la madrugada los alumnos cesan en su activad y el ruido de las cascadas entre las lagunas es lo único que mantuvo a algunos en vigilia.

 

 

El viernes, los alumnos tuvieron la oportunidad de viajar a la Cueva de Montesinos, leyendo, solemnemente el capítulo de El Quijote que acontece en ella, a la entrada de  la misma, para visitarla provistos de linternas y tener la oportunidad de sentirse igual que lo hicieron Alonso Quijano y Sancho Panza. Una experiencia verdaderamente emocionante.

 

 

A la salida de la cueva, andando entre campos de cereales y amapolas, encaminaron sus pasos al Castillo de Rochafrida y la Fonte Frida, donde dieron lectura a los romances medievales que se ubican en estos lugares.

 

 

Regreso al albergue, pero haciendo una parada antes para repetir el baño en el mismo lugar del día anterior, con repetición de la jugada y con piruetas más atrevidas ante los vigilantes ojos del monitor y los profesores.

 

 

Tras la comida en el albergue, de nuevo al autobús para iniciar el regreso a Santomera. Las caras de cansancio de  los alumnos son un auténtico poema. Pero hay que reponerse todavía nos queda una visita a El Bonillo. Tras dejar atrás Ossa de Montiel, la torre de la iglesia de El Bonillo indicaba a los alumnos la presencia de la localidad. Una vez allí pudieron ver el Rollo o Picota donde podían aplicar ellos mismos su justicia por decreto de Carlos I en el siglo XVI, y la fachada del ayuntamiento, renacentista y con un pasillo superior muy interesante. El principal objetivo de la visita tuvieron que dejarlo para otra ocasión: la persona que tenía que enseñarles El Cristo abrazado a la Cruz de El Greco no apareció por ningún lado.

 

 

Dejando atrás las ruinas de la colonia romana de Libisosa, los alumnos tuvieron la oportunidad de comprar queso manchego en Tiriez y, por gentileza de la propietaria, degustar el de denominación de origen y el fresco, de manera gratuita.

 

 

Exhaustos, agotados completamente, pararon a la salida de Hellín en Venta Pascual, para dar cuenta de un  kilométrico bocadillo ante la silueta ancestral e inquietante del Tolmo de Minateda, un lugar verdaderamente mágico.

 

 

Llegaron a tierras murcianas por la Sierra del Puerto. Hasta Santomera , el sol se ocultaba, vistiendo de oro el cielo y recortando las siluetas de las resecas sierras que recorre el viejo Tháder.

 

 

Sin novedad y sin bajas entre las propias tropas ni en las castellanos-manchegas, las huestes santomeranas fueron entregadas a sus padres a las veintiuna horas y treinta minutos en un isntituto ubicado al Noroeste de Santomera.

 

 

 

 

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